Sorolla: “Pintar y amarte, ¿te parece poco?”

Comienzo mi andadura en este blog con una experiencia vivida muy recientemente en el Museo Sorolla de Madrid de la mano de la experta sobre la obra del maestro y biznieta del mismo, Blanca Pons-Sorolla. Nos convocaba a la visita Cristina Heeren, mucho más que una mecenas para mí, a la que pronto le dedicaré un espacio en este blog, no sólo por la vinculación que me une a ella, si no por su importancia en el mundo del flamenco y del arte en general en España, siendo ella americana.

Acompañado de un grupo de amigos y artistas entre los que se encontraban los pintores Chema Rodríguez e Isabel Valdecasas, el calígrafo José María Passalacqua, el fotógrafo de moda Darío Aranyo, el actor Antonio Velázquez o la diseñadora Ágata Ruiz de la Prada, tuvimos la oportunidad de hacer un recorrido por la obra del pintor valenciano, el museo, vivienda y estudio del artista junto con la exposición itinerante recién clausurada “Sorolla en París”. El ambiente íntimo y la cordialidad entre los presentes hicieron de la visita un auténtico viaje en el tiempo por la vida y el trabajo del pintor más prolífico de España entre los siglos XIX y XX.

Como bien entenderéis, en este post no estoy profundizando en la biografía, historia y obra del maestro, para eso tenemos infinidad de información en internet y sobre todo una amplísima bibliografía publicada sobre su trabajo. En este caso, prefiero haceros llegar los detalles de la experiencia personal vivida en la visita y hablaros algo sobre el vínculo que existe desde hace años entre Sorolla y el que os escribe.

La casa taller del maestro acogía estos días un total de 66 pinturas, de las que algo más de la mitad pertenecen al museo y las restantes a instituciones culturales de distintos países y a colecciones particulares.

Una de las obras que más impresión me causa, junto con los murales de la Hispanic Society de Nueva York, es el cuadro titulado “Cosiendo la vela”, tal vez porque siendo de mis favoritos solo he tenido oportunidad de contemplarlo en dos ocasiones, ya que encuentra en el museo Ca’Pesaro de Venecia, por esto es interesante visitar este tipo de exposiciones que ponen a la vista obras que quizá no podamos volver a contemplar dada su ubicación, no siempre a nuestro alcance de forma usual.

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Frente a este imponente cuadro no sólo nos queda clarísimo que Sorolla es el pintor de la luz, sino que además se advierte el gran don de su visión fotográfica con respecto a la pintura, con una perspectiva impoluta y una capacidad sobrenatural de captar incluso la meteorología del momento en el que se desarrolla el conjunto pictórico, para dejarla impresa en el cuadro de manera que cuando el espectador está delante, es incluso capaz de sentir la temperatura de la escena. Bajo mi opinión, que no es más que la de un aficionado a la belleza, Joaquín Sorolla posee entre otras muchas virtudes, la capacidad de hacerte sentir dentro de su obra, de su trabajo, transmitir emociones a través de un trazo suelto y libre, en ocasiones de empastado grueso y duro en la cercanía, pero que en la distancia se convierten en verdaderos rayos de luz que traspasan vegetación, arquitectura, agua o tejidos.

Otro de los muchos aspectos curiosos de la exposición radicaba en las obras venidas desde Cuba, era bastante llamativo cómo lucían de una forma diferente, que a simple vista y sin la explicación pertinente de nuestra querida amiga Blanca, casi hubiesen pasado desapercibidas con respecto a las demás… Se trata de una sensación de opacidad en el barniz del acabado de las obras que “residen” en el museo de Bellas Artes de Cuba, y que la climatología de la Isla ha hecho que éste se oxide y pierda cierta luminosidad. Aunque para algunos este hecho haga que la obra carezca del esplendor total de su concepción, a mí me ofrece una sensación de cierta “humanidad” en la pintura, acusando las condiciones atmosféricas a la que está sometida. Os diría como símil, que se trata de una persona de edad avanzada que vive en contacto con la naturaleza en la montaña disfrutando de un aire limpio, frente a otra que lo hace sumida en la polución de una gran ciudad. Definitivamente los cuadros tienen vida…

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Una nueva parada frente otra obra, donde nos aguardaba una anécdota reciente. Se trataba del cuadro “Día gris en la playa de Valencia”. Éste, junto a todas las obras expuestas en esta muestra, “Sorolla en París”, ha permanecido en los museos de Giverny en Francia y Kunsthalle en Múnich, Alemania. Coincidiendo con la estancia de la exposición en este último, nos sorprendía la muerte de Prince de modo que el museo decidió rendir un pequeño homenaje publicando en su web la obra haciendo alusión a uno de los trabajos de este genio de la música titulado “Purple rain”. Dicha publicación se hizo viral en las redes sociales, haciendo que muchos relacionen el cuadro con el disco del ya mítico artista. Con este sencillo ejemplo comprobamos como las expresiones artísticas suelen darse la mano aún siendo de diferentes épocas y disciplinas.

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Me resultó tremendamente curioso, a la vez que entrañable, la manera de descubrir la identidad de las niñas que aparecen tan asiduamente en los cuadros de Sorolla, que en numerosas ocasiones son sus hijas. El artista siempre las representará con un detalle rojo en el pelo a modo de lazo o de adorno. Recordemos que retrató en continuas ocasiones a su esposa Clotilde, a María y a Helena, que junto con Joaquín fueron sus tres hijos. Precisamente, tres de los cuatro cuadros anteriormente mencionados, que procedían de Cuba, tienen la imagen de alguna de ellas. Nunca olvidaré la anécdota que oí por parte de Blanca Pons-Sorolla sobre el epistolario entre el bisabuelo y su mujer donde se denota el carácter afable, amante de su familia y de Clotilde, a la que en reiteradas ocasiones repetía en las misivas respondiendo a sus deseos de saber lo que hacía: “¿qué hago? Pintar y amarte….” añadiendo en una ocación: “¿te parece poco?”

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Pasemos ahora a centrarnos en una gran obra de Sorolla, la causante de despertar en mí tanto entusiasmo por el artista. Deciros antes que ya conocía al maestro desde que estudié la especialidad de cerámica en la Escuela de Artes y Oficios de Sevilla donde una de las asignaturas era historia del arte, ahí tome el primer contacto con su luz y su costumbrismo que tanto llamaban mi atención.
La obra en cuestión es “El bote blanco”, concebida en Jávea en el año 1905. Esta obra la adquiere el  primer Conde de Heeren, que a juzgar por las cartas existentes muestra una gran satisfacción por la compra de la misma. Hay un extraño cruce de propietarios desde su adquisición aún por resolver, ya que pasa por diferentes miembros de la familia; como la Señora de Candamo o la de Hurtado de Amézaga, de manera que ésta ante la insistencia de Rodman Heeren (padre de Cristina Heeren) por querer comprarle la obra, se niega a hacerlo en vida, dejándosela sorprendentemente en su testamento al morir. En el transcurso entre el primer Conde y Rodman el cuadro viaja por diferentes domicilios en Biarrtitz (Sur de Francia), hasta que es trasladado a EE.UU., concretamente a Florida, donde tuve la oportunidad de conocerlo por primera vez.

La obra representa a dos niños jugando agarrados al cabo de un bote. Una vez más queda revelada ante nosotros la maestría de Sorolla al plasmar el movimiento del agua con una diversidad de colores que oscilan entre la pincelada de un blanco rotundo hasta las más oscuras en tonos verdes, de paso por los turquesas, violáceos y azules intensos. Esta impensable amalgama de color reproduce con pasmosa realidad un mar oscilante, que incluso deja entrever el cuerpo desdibujado de los niños también en movimiento bajo la superficie acuática. Por el distinto tono en la piel de ambos podemos llegar a adivinar donde se encuentra en sol en el momento en que el pintor deja plasmada la escena, dando al niño más cercano a la barca unos tonos más ocres en la piel y en el reflejo de éste en el agua y otros de menos intensidad al otro personaje de espaldas que marca el eje central de la obra.

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Tal vez por ser una obra que hasta hace relativamente unos años era desconocida para los grandes adeptos de la obra de Sorolla, se trata de las más atractivas de las exposiciones  que ha recorrido en el último tiempo, llegando a acaparar las portadas en los catálogos de las mismas. Sin duda una obra que no deja indiferente al espectador.

Contemplar la pintura de Sorolla es como obsequiar al cuerpo con un soplo de salud, es luminosidad, alegría, sensación de espacio y vigorosidad, por eso siempre que he tenido oportunidad he pasado grandes espacios de tiempo contemplando “El bote blanco”.  Quedará grabada para siempre la escena que viví una mañana al llegar al salón de la casa de Palm Beach donde solía estar colgado y encontrarlo de pie, en el suelo, y apoyado sobre un mueble listo para ser repuesto donde lucía normalmente, ya que en épocas en las que no se encontraba la familia Heeren en la vivienda estaba a buen recaudo. Quedé totalmente impactado ante tantísima belleza… Allí, a mi altura, el cuadro parecía tener mas vida aún de la que por gracia del maestro ya poseía. Estuve durante un buen rato sentado frente a él, en pijama y ayuno, muy lejos de desear vestirme y sosegar el hambre. Tiempo después he tenido la fortuna de volver a verlo en alguna ocasión mas, una de ellas en el museo del Prado en el año 2009 en otra muestra dedicada al maestro.

Desde entonces no había vuelto a contemplarlo hasta hace unos días, donde además de disfrutar de la obra también lo hice de la compañía de buenos amigos, guiados como os decía antes por la genial Blanca Pons-Sorolla y reunidos gracias a Cristina Heeren, de la que hablaremos largo y tendido en otra ocasión.

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El Museo Sorolla, se encuentra situado en la calle Gral. Martínez Campos 37 de Madrid

17 comentarios en “Sorolla: “Pintar y amarte, ¿te parece poco?”

  1. jose pulido

    Me parece que tienes una manera natural y magistral de explicar tus inquietudes , en cualesquiera de las artes y en esta de la pintura se desprende tu sensibilidad de artista . me pareces genial Manuel.

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  2. Mary Torregrosa

    Hola Manuel, fantástico estreno del blog. Impresionada por tu post, gracias por transmitirnos tus conocimientos y emociones ante la belleza. Ya esperamos el siguiente. Te deseo mucho éxito. en

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  3. Mónica de los Santos

    Me ha encantado Manuel. Como historiadora del Arte y apasionada también de Sorolla, has hecho de estas líneas una gran experiencia para cualquiera que pueda leerlo.
    Te animo a que vengas a visitarnos a CaixaForum Sevilla. Ahora mismo tenemos una gran exposición del pintor catalán Hermen Anglada-Camarasa; creo que te va a encantar, además de ser de la época de Sorolla. Te adelanto que una de las próximas exposiciones que vamos a tener estará dedicada al gran Joaquín Sorolla. ¡¡No te digo más!! Mucha suerte con tu blog. Un saludo muy afectuoso!!

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  4. Cristina

    Maravillosa idea la del blog. Encantadora prosa elegante. Interesantísima experiencia compartida e inmejorable titulo evocador. ¡¡Enhorabuena Manuel!! Gracias por compartir estos pedacitos de ti con todos nosotros.

    Cristina

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  5. Ceci P :)

    Parada obligada para vincularse con este Maestro de la imagen (en su más amplia expresión) desde mis últimas visitas a Madrid. No sé por qué tardé tanto en conocer su lugar. Concebido con su genialidad también generó un impacto en mi que nunca olvidaré. A partir de allí, solo hago recomendarlo a todo visitante. Gracias Manuel por transmitir tu vínculo y observación con el artista y su obra. Demás está decir que fue un lujo que tuvieran esa guia tan especial.

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